Orya significa Dios es mi luz. Y eso es lo
que irradia el dulce rostro de la hermana de Belén que, dispensando
zumo jarra en mano, explicaba a quinceañeros -ellos y ellas-
el sentido del nombre que adoptó al profesar los votos de
esta congregación que ocupó, ha no mucho, el hueco
dejado en La Cartuja por los hijos de San Bruno.
Ellos languidecían inexorablemente y hubieron de dejarnos
hace siete años, ellas crecen y crecen al punto que es preciso
ir arreglando celdas en las que acoger, dentro del rigor de su regla,
a nuevas inquilinas de la esplendidez del primer monumento de la
provincia. Si la clave estuviera en encuentros como el producido
hace unos días entre ellas y casi un centenar de jóvenes
cofrades... se entiende.
Hoy celebra la Iglesia la XLV Jornada Mundial de Oración
por las Vocaciones. Monseñor Del Río, obispo que ya
acompañó entonces a estos jóvenes con su mensaje
convertido hoy en carta pastoral para toda la Diócesis, preside
hoy la oración en el Seminario. La iglesia de la Compañía
de María, desde las ocho de la tarde, abre sus puertas a
cuantos quieran rezar para que chicos y chicas como éstos
den el paso.
La perseverancia en una presumible e incipiente vocación
es el objetivo de este día en el que tener claro que el crecimiento
de las Hermanas de Belén no puede hacer olvidar la marcha
de los Cartujos, las Dominicas del Espíritu Santo, las Hijas
de María Inmaculada, las Siervas de María... Las razones
de tal éxodo de la vida religiosa de la ciudad no es otra
que la situación de las vocaciones.
Los intereses de los jóvenes de la Post-modernidad no parece,
a priori, que tengan mucho que ver con un estilo de vida cuya radicalidad,
tan excitante para todas las generaciones de gente joven de la historia,
se da la mano, sin embargo, con un valor menos en boga: la constancia.
El miedo que da todo lo que signifique “para siempre”
juega en contra de una búsqueda de la espiritualidad suma.
Pero todo parece distinto escuchando a las hermanas Orya y Nuram
-también éste otro nombre tiene que ver con la luz-.
Será el granizado de melocotón casero, el té
helado, el exquisito bizcocho o el chocolatede una merienda para
el recuerdo de todos los chicos y chicas participantes. O será,
más bien, el tono de un mensaje sin pretensiones pragmáticas
y una indisimulable felicidad en permanente flor de piel.
Pero ni siquiera una merienda con sabor a la de la abuela, una de
ésas que revistirán por siempre el recuerdo entrañable
cuando nos falte, hace esos milagros. Y en el revestimiento blanco
de verdaderas hijas de este mundo -de escandalosa juventud- se reflejan
los trazos de una pureza de espíritu no carente de un pasado
en el que discotecas o novios también contribuyeron a fraguar
lo que hoy son.
Sin atreverse a preguntar, los ruidosos visitantes de La Cartuja
hicieron asomar una desconocida capacidad de escucha cuando, al
final de una jornada de reflexión, hace una semana, ellas,
las Hermanas de Belén, aparecieron con sus bandejas llenas
de una plenitud de vida que la sociedad se muestra incapaz de ofrecer
fuera de esos muros. Sería el rico bizcocho, sería
el blanco refulgente de los hábitos o la dulzura de su palabra.
La luz de la tarde, en cualquier caso, adquirió los ricos
matices de su nombre: Orya, Dios es mi luz.
galvarezleiva@hotmail.com
Publicado en Información Jerez
el 13/04/08.