La última vez que lo vi fue
el pasado mes de octubre en el balcón de su casa de la calle
Batalla de Cardela, justo frente al Mesón Los Gemelos, en
el Pelirón. Fue con motivo de la Caravana del Consuelo. Cuando
llamamos a su puerta para solicitar su colaboración, como
un vecino más del barrio, durante la recogida de alimentos
con la que cada año la hermandad intenta aliviar en la medida
de sus posibilidades, la tan solicitada despensa de Cáritas.
Y como un vecino más que era de su barrio de El Pelirón
y un hermano más de su cofradía, cuando llegamos a
su puerta el ya estaba en el balcón esperándonos y
tenía una caja de leche preparada. Desde el mismo balcón
nos invitó a que entráramos a por la caja que estaba
junto a la puerta de su casa.
No puedo decir que llegara a conocer a Juan Mera,
pero lo poco que se de él, o más bien los recuerdos
que tengo son lo que intento reflejar en estas líneas. Por
ejemplo, que uno de sus grandes sueños era el de ver a la
Virgen del Consuelo en su capilla, en su barrio, junto a su gente
de El Pelirón. Y su temor era, como confesó en varias
ocasiones, que no llegara a verlo hecho realidad.
Como explicó el otro Juan, el párroco,
en la misa de su funeral celebrado en la parroquia, Juan Mera fue
un hombre que en los últimos años de su vida optó
por dedicarse a servir a los más necesitados. Cuando su jubilación
le permitió tener tiempo libre, decidió que ese tiempo
no lo emplearía sólo en si mismo. Y de esta manera
se acercó hasta su parroquia de las Viñas para ponerse
a disposición del párroco para lo que de el necesitase.
Y fue así que su tocayo, el párroco, le invitó
a que colaborase en Cáritas parroquial e incluso formó
parte de la junta de gobierno de la hermandad como delegado de caridad.
Allí siempre nos quedará su imagen
con la chaqueta desabrochada y su cirio, formando parte del cortejo
que acompañaba a la Virgen del Consuelo por las calles de
El Pelirón en sus primeras salidas procesionales. Sin olvidar
tampoco que aun siendo un fiel asistente a los Oficios de la parroquia,
nunca conseguimos que el Jueves Santo se prestara voluntario para
el acto simbólico del lavatorio de pies. Decía que
mientras el pudiera solo, como iba a permitir que nadie le lavara
los pies y mucho menos el cura. Así le recuerdo, sencillo
y humilde.
Por último sólo me queda decir
que en la hermandad no olvidamos el sueño de Juan, que es
también el sueño de otros muchos vecinos. Ese de ver
algún día a la Virgen del Consuelo en su capilla,
en su barrio, junto a su gente de El Pelirón. Se lo debemos.
jm_rodrigonz@hotmail.com